( a La perseguidora de sueños, donde quiera que esté, espero que siga persiguiendo sueños)
No la conocía apenas, no había escuchado nunca su voz, ni su risa, ni sus pasos. No había visto nunca su rostro, ni sus manos ni sus piernas, ni siquiera un trocito de su cuerpo.
Pero estaba seguro, de que si algún día se cruzaba en su camino y tenía la suerte de ser el blanco de su mirada, no dudaría ni un instante de que se trataba de ella, porque imaginaba su mirada a través de sus escritos, a través de la poesía que de ellos desprendía y derramaba.
Sabía que tendría en la mirada la profundidad del mar, el trino de los pájaros y el revolotear de las gaviotas. Una mirada que le recordaría el grito de llamada de los delfines, el baile de las algas bajo el mar y el ulular de las lechuzas a la medianoche, en fin todo un sueño.
Pero el día que se cruzó en su camino, no se dio cuenta de que la mirada le sonreía y no sintió ese sabor dulce en la boca ni un picor malévolo en el estómago.
Tampoco le dejó en los ojos, la visión de los sueños, esos sueños y esa visión que solo dejan, las personas a las que uno quiere, las personas a las que uno se siente pegado y hermanado de por vida.
El día que se cruzó en su camino, él era demasiado viejo y ella demasiado ciega para poder mirarle con esa mirada única que reflejaban en sus escritos.

(en recuerdo de aquel 08/07/2006 19:22)
